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Se busca aplaudidor

El antiguo oficio de aplaudir

Ya hay en todas las esferas aplaudidores de oficio. La claque bien organizada, es hoy una institución que hace una reputación en el filo de una espada. (Pedro Fernández)

Sabemos que parece absurdo o gracioso, pero el oficio de aplaudidor fue real hace un tiempo y se formaron incluso compañías de aplaudidores jerarquizadas y organizadas que, inclusive, se podría decir, idearon una ciencia del aplauso. Fue, por supuesto, una forma un tanto inmoral y poco ética por parte de los creadores escénicos de asegurarse el triunfo sobre las tablas. Triunfo basado en esa extraña costumbre del aplauso, cuyo origen tiene mucho que ver con este oficio. Veamos cómo.


Orígenes e historia del aplauso

El aplauso es un gesto no verbal, prácticamente universal, para expresar distintas cosas alrededor del mundo. Con el sentido que en occidente lo conocemos, tiene su origen en Grecia. Sin embargo, nuestra concepción de él como un medio por el cual las emociones y pulsiones de un público se dominan, domestican, civilizan, regulan y norman para poder expresar nuestra opinión, sentir, grado de aprobación, o valoración de manera educada y organizada, se lo debemos a los romanos.


Ellos perfeccionaron y normaron, regularon y complicaron esta costumbre heredada de los griegos hasta el punto de crear un complejo código para expresar diferentes grados de aprobación mediante variaciones del gesto del aplauso, como aplaudir con los dedos y dar palmadas con la mano plana o hueca.


Detalle de la pintura "The Sword Dance" donde se puede apreciar el gesto de aplaudir.

Hasta tal punto llegaron a regular esta práctica que en el teatro latino había un encargado de indicar el momento de aplaudir y otro encargado de "dirigir" los aplausos. El protagonista era el encargado de lo primero gritando al final de la obra: Valete et plaudite! (Es el final, así que, aplaude). El encargado de lo otro era determinado ocasionalmente.


También, a menudo el aplauso era organizado y remunerado, como la conocida historia del emperador romano Nerón. Se dice que este cruel tirano, de quien se cuenta que alguna vez llegó a incendiar Roma por el placer de verla arder, y que tenía aspiraciones artísticas, llegó a organizar una compañía de “aplaudidores”, a quienes pagaba muy bien por el encargo de hacer que todo el público aplaudiese en sus presentaciones.


Después de los romanos el aplauso se extenderá por el mundo, pero se volverá menos disciplinado y en ocasiones, incluso, será mal visto. No obstante, en el siglo XIX, en Francia, el aplauso recobra interés por el curioso fenómeno de los aplaudidores a sueldo.


La claque / los aplaudidores

Estos profesionales del aplauso, que siguieron el ejemplo neroniano y latino, se les conoció como “La claque”, término con el que se designa en teatro a la práctica de valerse de un grupo de espectadores, voluntarios o asalariados, para ejecutar un aplauso ensayado en determinados momentos claves y previamente convenidos del espectáculo con la intención de provocar la expansión del aplauso y lograr de esa forma el éxito, o la sensación de él, de cualquier espectáculo.

Escultura “Die Claque” de Guido Messer, en Schwetzingen, Alemania.

Aunque nos parezca sorprendente, la claque llegó a construir una estructura y jerarquía propia. Incluso crearon empresas que ofrecían este servicio. Por ejemplo, en 1820, aparece en París una agencia donde se podían obtener “aplaudidores”. La parte fundamental de su organización fue el Jefe de la claque, que frecuentemente, paradójicamente, pagaba por serlo. A cambio recibía los privilegios de entrar a los ensayos, primero que todos y por la puerta de los actores, así como el contacto con los mismos y cierta cantidad de entradas que él podía vender a menor precio con la condición del acordado aplauso o repartirlas gratuitamente a sus colaboradores más cercanos conocidos como “Caballeros de la araña” que tenían igualmente la misma obligación.


Retrato de un Jefe de Claque, por el fotógrafo Atelier Nadar.

A menudo, los que compraban estos boletos a menor precio eran estudiantes que no podían costear el precio real de las entradas. Pero también había quien, sabiendo que los de la claque entraban primero, por la puerta de los artistas y antes que todos, pagaban al jefe de la claque para evitar hacer fila, comprometiéndose a no silbar la obra.

Por su parte, el jefe de claque, que a menudo fue una personalidad respetada y de agudo criterio, se comprometía, contrato legal de por medio, con el éxito de las obras acordadas, por lo que su labor no podía ser improvisada. Todo lo contrario, el jefe de claque estudiaba minuciosamente los espectáculos con tal de montar un espectáculo de aplausos que irremediablemente diera la sensación de éxito. Para ello, asistía frecuentemente a los ensayos, estudiaba el poema, la música, las decoraciones y tomaba notas. Fungían como una especie de segundo director de escena que, en este caso, ensayaba con su grupo un espectáculo de aplausos, distribuidos y determinados cuidadosamente en los momentos que consideraba clave para que el aplauso fuera más efectivo.


Fotografía de un grupo de claquers de ópera, de la colección de Library of Congress.

En ocasiones también se concertaba el aplauso a cierto actor que se quisiera favorecer.

Asimismo, fueron frecuentes las ocasiones en las que se buscaba proteger el debut de alguna obra, de algún dramaturgo o algún actor para lo cual la primera función se daba únicamente con miembros de la claque o con gran número de ellos. De esta manera se aseguraba que, aparentemente, fuera un éxito a vista de todos.


En fin, este oficio terminó por ser mal visto por el público que acabó por darse cuenta de estas prácticas y por hartarse de las artes de las claques, que querían imponer forzadamente su gusto mercenario. Así, poco a poco fue desapareciendo. Sin embargo, el recuerdo queda para hacernos reflexionar sobre el gran poder y la gran responsabilidad que tenemos en nuestras palmas, que hay que ejercer siempre desde el corazón para evitar un éxito fabricado.

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