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Isadora Duncan, la mujer que desnudó el ballet clásico

Desde el primer momento, yo no he hecho sino danzar mi vida.
Si me preguntara cuándo empecé a bailar, contestaría: «En el seno de mi madre, probablemente por efecto de las ostras y del champán, el alimento de Afrodita». Isadora Duncan

En la entrada anterior veíamos el origen de la danza clásica; cómo inició el camino de su profesionalización en la corte del Luis XIV (el Rey Sol) y cómo perfeccionó su técnica por más de 200 años. En esta ocasión conoceremos a una mujer que se opuso a la rigidez y academicismo al que habían conducido todos esos años de evolución, y veremos cómo revolucionó por completo el arte de la danza y dio inicio a otra gran etapa de su historia, la danza moderna.


No podemos estar hablando de otra mujer que no sea la legendaria Isadora Duncan. Bailarina y coreógrafa norteamericana, rebelde y libre, que cambió la historia de la danza únicamente con su personalidad e ideas que orientaron su trabajo durante toda su vida. Una vida arrebatada trágicamente a los 50 años cuando su largo foulard rojo (una especie de mascada) pintado a mano por Roman Chatov,que rodeaba su cuello y ondeaba glamurosamente, se enredó en las ruedas de un auto que, según sus últimas palabras, la conducía al amor.

Isadora en su juventud

Desde la infancia más temprana conoció la danza. De niña estudió danza clásica en San Francisco, donde nació, y también en otros sitios a donde se mudó posteriormente. Por azares del destino, su familia, que había gozado de cierta comodidad económica, empezó a tener problemas y la pequeña Isadora se encontró dando clases de danza a muy temprana edad, desde los diez años según algunos, para contribuir económicamente a su casa.

Sin embargo, la danza clásica no la convenció. Muy pronto, la consideró demasiado rígida y debió sentirse atada, claustrofóbica, entre sus intransigentes reglas. Debió parecerle lo contrario a lo que la danza debía significar para ella: libertad. Entonces, se propuso crear un nuevo sistema para la danza.


El mar de San Francisco le dio la primera clave: se inspiró en el movimiento de sus olas, que la habían cautivado desde su infancia cuando, con cinco años, instruía a sus vecinitas para que movieran las manos con su cadencia ondulante. Desde entonces, sus movimientos estuvieron inspirados en la naturaleza, para devolverle a la danza su naturalidad y libertad perdidas. Fue así que su danza se inspiró en las olas, los árboles, las nubes, la naturaleza entera.


La siguiente clave la encontró en su viaje a Europa, cuando visitó Grecia y conoció los grabados de los vasos griegos, los bajorrelieves y las estatuas clásicas. La belleza de los primeros, la perfección de la línea y su delicada ondulación, le descubre que su movimiento debía ser así, fluido, constante, sin rupturas, sin cortes.

Con esas claves, trastocó toda la historia de la danza hasta nuestros días. Además, no solo liberó a la danza de su corset academicista, también le desnudó literalmente. Le despojó de corsets, tutús, zapatillas de ballet, leotardos, mallas, maquillaje y todo lo que de alguna forma coartara la libertad del movimiento. Además usaba en sus obras música de concierto, que originalmente no había sido compuesta para ser bailada.

En el escenario, se presentaba únicamente con una túnica trasparente ―como de estatua griega― que acentuaba sus movimientos, sin maquillaje, el cabello ondulante libre ―como ella― y los pies descalzos, plantados en el suelo en unión con la naturaleza y no en puntas como en el ballet clásico. Incluso desvestir el escenario le fue necesario: le despojó del decorado y optó por el austero uso de únicamente un telón de color plano como fondo. Desnudó la danza en todos los sentidos para liberarla de todas sus trabas.



La gran revolución de Duncan consistió en hacer intuitivo, instintivo, espontáneo, el arte de danzar. En ella danzar era traducir en movimientos su interior, sus sentimientos y subjetividad: la danza fue la expresión de su vida interior.


Sin embargo, no escribió ni dejó ninguna doctrina ni técnica en particular. Bastó su ejemplo personal e ideas sobre la danza para cambiar el curso de la danza para siempre.

No obstante esta historia, sería ingenuo pensar que Isadora Duncan acabó con la danza clásica. Al contrario, enriqueció la danza en general y le enseñó al mundo que la danza no es una sola sino muchas, que todo podía danzarse y que, incluso, el mundo entero danzaba todo el tiempo. Isadora conoció esa verdad y por eso quedará por siempre en la historia de la danza como precursora de la danza contemporánea en el siglo XX: su legado vive en un bailarín que es mar, en un árbol sacudido por el viento, una hoja cayendo en vuelo o una nube siguiendo su misterioso destino.

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