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¿Piratería teatral hace 500 años?

Breve historia de los memorillas
La falta de derechos de autor en el siglo XVI creó un sinfin de obras copiadas de memoria por otros autores

En ocasiones, el público es tan interesante como el espectáculo. Es lo que sucede en el teatro español entre el siglo XVI y XVII, periodo conocido como “Siglo de Oro”. Durante este tiempo podemos distinguir personajes curiosos, no únicamente sobre el tablado, sino también entre el público. Por ejemplo, los muy conocidos y temibles mosqueteros, que con sus silbidos podían provocar el fracaso de cualquier obra. Pero había un personaje más interesante aún; los memorillas, eminentes memorizadores que fueron un dolor de cabeza para los escritores de obras teatrales. ¿Quieres saber por qué? Te invitamos a continuar leyendo.


Corral de comedias español

Tenemos que ubicarnos, como dijimos, en tiempos del teatro del Siglo de Oro español. El espectáculo teatral estaba viviendo sus días de mayor esplendor, quizá en toda la historia. Fue entonces el principal entretenimiento y más grande espectáculo. Reunía a todo mundo, desde el Rey hasta el más humilde ciudadano, en los “Corrales de comedias”, como se llamaban sus teatros.


La demanda era alta. Se escribían y producían enormes cantidades de obras de teatro y muy rápidamente (algunos autores se veían obligados a escribir una obra en un solo día o a varias manos). Por supuesto, igualmente surgieron centenares de dramaturgos. Entre ellos genios universales como los madrileños Lope de la Vega (1562-1635) ―autor de Fuenteovejuna―, Calderón de la Barca (1600-1681) ―autor de La vida es sueño― o Tirso de Molina (1579-1648) ―autor de El burlador de Sevilla―, que elevaron el arte teatral a la cima.


Escena de la obra El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, adaptación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (2012)

También para el público fueron tiempos de esplendor. Quizá nunca se expresó tanto, tuvo tanta libertad, e hizo sentir con tanta fuerza su presencia como aquellos días. No era solemne y mucho menos pasivo: hacía escuchar su opinión. Si la obra no le gustaba, la silbaba, la abucheaba, hasta llegaba a arrojar cosas al escenario como protesta.


Pero, entre esas personas que iban al teatro, tenemos que centrarnos en una en especial. Imaginemos que asistimos a una de esas obras teatrales de hace medio siglo. Esta persona parece un espectador más. Parece normal. Se le ve atento. No despega el oído y tampoco los ojos del escenario. A diferencia de los demás que en ocasiones hablan entre ellos o se distraen, él parece sumamente concentrado. Parece el espectador ideal. Sin embargo, el productor de la obra y el autor lo ven con recelo, incluso con odio. ¿Quién es y qué está haciendo? Es un memorilla o “memorión” y, como indica su apodo, está memorizando. Al caer el telón tendrá la obra completa en su cabeza. En ocasiones tendrá que verla alguna vez más, pero al fin la trascribirá y la venderá a espaldas del autor y del dueño.


Después, si es una obra exitosa, algún editor, librero, compañía teatral o productor se la comprará sin averiguar si es el autor o no, ansiosos por compartir el éxito de las obras en boga. Se hacía de esta manera por dos razones. La primera es que los autores no acostumbraban imprimir sus obras de teatro y el público cada vez deseaba más disfrutar también de su lectura. Y segundo, que una vez que el escritor vendía la obra, perdían todo derecho sobre ella, no volvía a recibir dinero, y el comprador se adueñaba absolutamente de ella; en consecuencia, si resultaba un éxito, únicamente se podía ver en un único corral de comedias.


Las alternativas que les quedaban a las compañías que también querían gozar el triunfo de las obras más celebradas, aunque no existían los derechos de autor y pagos de regalías como actualmente, eran todas ilegales o, al menos, éticamente reprobables. Por ejemplo, sucedía que a veces los actores vendían sus libretos, a pesar de ser ilegal. Pero lo más fácil era frecuentemente recurrir a un memorilla, a veces, enviados por los mismos corrales que querían poseer determinada obra.


Escena de la obra "Fuenteovejuna" de Lope de Vega, adaptación de Laurence Boswell (2009)

Sin duda, la capacidad de memorización de estos memorillas es excepcional y sorprende aún a la distancia. Sin embargo, su memoria estaba lejos de ser infalible. Eso provocaba que circularan las obras de los autores, como copias piratas, llenas de errores, erratas, variaciones, mutilaciones, contaminaciones, etcétera. Por ello, los autores les aborrecían. El mismo Lope de Vega llegó a pronunciarse contra ellos en diversas ocasiones, como lo hizo en el prólogo a su obra Los españoles en Flandes y en su Trezena, parte de las comedias de Lope de Vega Carpio.


Actualmente, la labor de estos pirateadores de memoria fenomenal sigue dando dolores de cabeza, pues es difícil saber, en algunas obras que han llegado hasta nuestros días, qué parte son originales de los autores y qué parte añadido por ellos.

Después de todo, quizá la frase favorita de tu obra de teatro preferida del Siglo de Oro no la haya escrito su autor. Interesante ¿no?

Fuentes

  • Lope de Vega (1990): La Moza de Cántaro.

  • Lope de Vega (1620): Trezena parte de las comedias de Lope de Vega Carpio.

  • Juan Manuel Rosas (1977): Historia de la literatura española de la Edad Media y Siglo de Oro. 2da. Parte.

  • Don Cristóbal Pérez Pastor (1906): Bibliografía Madrileña o Descripción de las obras impresas en Madrid. Parte Segunda.

  • Miguel Zugasti & Agustín Moreto (2017): Autoridad textual y piratería, con sombras de memorión al fondo, en las dos primeras ediciones de "El poder de la amistad".

  • Juan Luis Alborg (1966): Historia de la literatura española.

  • Aurora Egido (2007): “Cauces de la obra literaria”.

  • Susana Hernández Araico (2004): “El teatro breve de Quevedo y su arte nuevo de hacer ridículos en las tablas: lego-pro-menos a una representación riescénica”.

  • Rafael González Cañal (2002): “Lope, la corte y los «pájaros nuevos»”.

  • Alfonso Reyes (1957): “Introducción” a Obras completas de Juan Ruiz Alarcón.

  • Alfonso Reyes (1969): La experiencia literaria.

  • Alfonso Reyes (1948): Sobre libros.

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